David, el periodista bueno

David Beriain en la entrevista que le hicimos Teo y yo para la revista Nuestro Tiempo. Foto de Silvia Penco.

«Amigos, han matado a David Beriain. Para que recéis por él».

David era el mejor. No hacía ruido. Siempre estaba atento. Se volcaba en cada trabajo. Se acordaba de ti, te animaba, te respetaba. Nunca se imponía. Creía en el ser humano, porque nada del ser humano le era ajeno. No era un yonqui de la adrenalina. David quería conocer y admitía que le daba miedo cada vez que escuchaba un disparo. O cuando se sentaba delante de un sicario y se daba cuenta de que podía entenderles y ponerse en un lugar. Él quería tender puentes. Era un hombre bueno.

Teo y yo le conocimos en 2015, en el primer curso de nuestra carrera en la Universidad de Navarra. Fue en la fiesta del patrón de nuestra facultad. De los tres invitados a la mesa redonda era al único que no conocíamos —los otros dos eran Marc Marginedas y Jordi Pérez Colomé—. Habló sin llamar la atención, pero nos quedamos impresionados. Desde entonces se convirtió en nuestro ejemplo a seguir.

Al año siguiente volvió a la que era su facultad, la nuestra, y le pedimos que nos concediera una entrevista. Él venía a presentar su último proyecto, El ejército perdido de la CIA, y seguro que tenía cosas más importantes que hacer, pero nos dijo que sí. Llegó puntual una hora antes —él decía que no hacía entrevista más cortas porque necesitaba al menos ese tiempo para poder ponerse en los zapatos del otro y entenderle— y se sentó en la cafetería con nosotros. Era nuestra primera entrevista profesional. Íbamos motivadísimos y muy nerviosos. Él nos tomó en serio.

En aquella entrevista nos dijo que él se identificaba más con los antiguos que con los modernos, que él entendía su trabajo como un viaje «para tratar de entender qué narices significa eso de ser un ser humano». Pero decía que no por eso era un hombre sabio, sino que más bien él era un hombre torpe que necesitaba irse hasta la otra punta del mundo para entender algo que su abuela Juanita había comprendido en los 93 metros que separaban su casa de la iglesia de Artajona. Él, decía, había recorrido más de 93 países, había visto explotar bombas y seguía sin entender nada. Pero seguía buscando. Quería entender eso mismo que había entendido su abuela.

David admiraba a su abuela y decía que sus lentejas le habían salvado la vida. Y admiraba a su abuela y a las lentejas de su abuela porque le habían enseñado que «cada persona tiene sus plazos y sus momentos. Ella sabe que la paciencia es la forma de amor más dura pero más necesaria».

David tenía muchísima paciencia. Era de los que creía en dedicar meses o años a un reportaje. De los que si se metía en algo, no se conformaba con mediocridades sino en hacer las cosas bien.

Y David sabía ver esa paciencia en otros, en cómo le cuidaban a pesar de que se jugaba la vida muchos días. David era un hombre afortunado. «He tenido mucha suerte en la vida —nos decía en la entrevista en Nuestro Tiempo—. Mis padres, mi familia y mi mujer me han querido de la manera más hermosa que se puede querer a alguien: libre. Aunque eso suponga en su caso que un día pueda haber una llamada que les diga ‘No va a volver’. Eso es un acto de generosidad del que yo no sé si sería capaz».

Esa llamada habrá llegado hoy. Y yo me he acordado enseguida de Rosaura, en cómo ella estaba siempre detrás, en cómo le acompañó hasta la mesa en la que hicimos en la facultad y cómo se marchó a otra mesa al llegar para no molestar. Me he acordado de MAJ y del abrazo que se dio con David en medio de la entrevista. Me he acordado de Leire, de Pablo, de Frank, de Bea, de todos los que sé que trabajaron con él, son sus amigos y le querían. Ellos son los que estarán sufriendo de verdad hoy. Si estáis leyendo esto, solo quiero deciros que rezo por él y por vosotros. Ojalá nos veamos todos en el cielo dentro de unos años y montemos una gran fiesta.

David Beriain y MAJ el día que le entrevistamos. Foto de Silvia Penco.

David ha sido el mejor periodista que he conocido y el más cercano. Siempre quise trabajar con él y varias veces hablamos de esa posibilidad. En una de ellas, al terminar la carrera, fue muy sincero conmigo: «Mira, Manu, me encantaría que vinieses aquí, pero ahora mismo no puedo garantizarte que pueda pagarte el sueldo que merece alguien que trabaje en esto durante dos años y no quiero contratarte por menos dinero». Y eso dice mucho. Era un periodista y un empresario, pero ante todo era una persona preocupada por los demás.

Unos meses antes de esa conversación —él estaba en la otra punta del mundo y se levantó a primerísima hora para hablar conmigo, cogió el teléfono y una de las primeras cosas que me dijo es que hablaría bajito para no despertar a su compañero de habitación, que estaba durmiendo aún—, volví a verle en un viaje de la facultad a Madrid. De camino, MAJ y yo le llamamos y nos dijo que al día siguiente no podría estar en el encuentro porque tenía que marcharse a hacer un reportaje. Pero se ofreció para vernos ese mediodía. Aunque fuera media hora. Y nos acogió en su oficina a un grupito de 10 estudiantes. Y me saludó con un abrazo de verdad diciéndome. Y se acordaba de mí y de esas conversaciones que habíamos tenido. Y nos miró como si fuésemos lo más importante para él en ese momento. Y nos dijo que la carrera de periodista no era fácil y que había que sacrificar muchas cosas, pero que era preciosa. Y nos prometió que estaba para lo que necesitáramos. Y sé que lo decía de verdad.

David me enseñó a lo que tiene que aspirar un periodista y que esta es una profesión durísima y, al mismo tiempo, compasiva. Porque «el esfuerzo consiste en tratar de entender a la persona que tienes delante, aunque no la justifiques. Entonces te dices a ti mismo: ‘Si parece majo… Si quiere… Si ama… Y hay quien le ama a él’. Eso asusta. Cruzar esa línea asusta más que ninguna otra cosa. Pero ese es el sentido de nuestro trabajo». David hizo eso con todos. Y por eso era un hombre bueno, el mejor periodista que he conocido.

Me gusta contar historias. Aprendí en el Diario de Navarra, El Español, Je Suis Réfugié, Rome Reports y Stolperstein.

Me gusta contar historias. Aprendí en el Diario de Navarra, El Español, Je Suis Réfugié, Rome Reports y Stolperstein.